jueves, febrero 16, 2017

«Out In The Street», Bruce Springsteen & E Street Band


Put on your best dress baby
And darlin', fix your hair up right
Cause there's a party, honey
Way down beneath the neon lights
All day you've been working that hard line
Now tonight you're gonna have a good time

I work five days a week girl
Loading crates down on the dock
I take my hard earned money
And meet my girl down on the block
And Monday when the foreman calls time
I've already got Friday on my mind

When that whistle blows
Girl, I'm down the street
I'm home, I'm out of my work clothes
When I'm out in the street
I walk the way I wanna walk
When I'm out in the street
I talk the way I wanna talk
When I'm out in the street
When I'm out in the street

When I'm out in the street, girl
Well, I never feel alone
When I'm out in the street, girl
In the crowd I feel at home
The black and whites they cruise by
And they watch us from the corner of their eye

But there ain't no doubt, girl, down here
We ain't gonna take what they're handing out
When I'm out in the street
I walk the way I wanna walk
When I'm out in the street
I talk the way I wanna talk
Baby, out in the street I don't feel sad or blue
Baby, out in the street I'll be waiting for you

When the whistle blows
Girl, I'm down the street
I'm home, I'm out of my work clothes
When I'm out in the street
I walk the way I wanna walk
When I'm out in the street
I talk the way I wanna talk

When I'm out in the street
Pretty girls, they're all passing by
When I'm out in the street
From the corner, we give them the eye

Baby, out in the street I just feel all right
Meet me out in the street, little girl, tonight
Meet me out in the street
Meet me out in the street

Lectura de 16 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 757 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 53,5%

miércoles, febrero 15, 2017

Pedro el Siciliano

La Historia ha sido prolija en hombres que, entre bambalinas, alteraron la voluntad de soberanos, torcieron el rumbo de naciones y rompieron la paz de muchos pueblos. Algunos pasaron ante los ojos de aquellos que presenciaban sus maquinaciones como peligrosas serpientes; otros lo hicieron de una forma más sutil. Pero prácticamente todos se encontraron, en un comienzo, en una posición de escaso prestigioso, incluso debido a alguna tara física natural o provocada. A este respecto destacan los eunucos, a quienes siempre hemos visto como sebosos vigilantes de harenes. Sin embargo, su condición asexuada les permitía un control directo sobre ciertos aspectos políticos, incluso llegando a gobernar reinos e imperios. 

Cuando se nos echa en cara a los hombres que debemos prestar atención a las mujeres, escucharlas, es por nuestro bien. Los eunucos ponían paciencia y dedicación a concubinas y reinas, atesorando tantos secretos como el confesor más entrometido y sacamuelas. Uno de ellos, a quien va dedicado este artículo, fue el conocido como Pedro el Siciliano.

Su verdadero nombre era Ahmed. Nació en la isla tunecina de Djerba, en el seno de la tribu bereber de los Sadwikish. Tras la toma de dicho territorio por los cristianos en 1135, Ahmed acabó con sus jóvenes huesos en Sicilia, como botín de guerra, integrándose en la corte normanda del rey Roger II. En un momento dado durante su cautiverio, abandona el Islam, convirtiéndose al Cristianismo (adoptando el nombre de Pedro), y también sufre la castración.

Como eunuco, figura en la sombra pero de confianza, Pedro se forma y va ascendiendo en la corte, hasta el punto de ser nombrado caíd de Guillermo I el Malo y almirante de la flota siciliana, a la que dirigió en dos expediciones bélicas contra las islas Baleares y Mahdia*1. Su estatus político lo coloca a la cabeza de la gobernación del reino, como miembro del triunvirato y magister stolii, a lo que ayuda su especial relación con la reina Margarita*2.

La época que le tocó vivir Pedro fue bastante turbulenta. Guillermo I tuvo la idea de abandonar el gobierno (almirantazgo) en manos de Maio de Bari, tras la muerte del leal Jorge de Antioquía (1151). De Bari se distinguió como un bravucón y contestatario, con el conocimiento y beneplácito tácito del monarca, siendo que el trono quedó enemistado con la nobleza siciliana, el Papa, el Imperio Romano germánico y el Bizantino. Y la cosa estalló, llegando a su clímax, en noviembre de 1160 con el triunfo efímero del levantamiento nobiliar contra Guillermo, el asesinato de Maio de Bari y el secuestro de la reina Margarita*3 y los dos infantes. 

La cosa se tranquilizó con Guillermo I apretando el cetro y al pueblo. Si se calmó la cosa con los cristianos, los encontronazos con los musulmanes iban aumentando en violencia, sobre todo en el Este de la isla, tanto que el gobernante sufriría un atentado en 1161.

En la primavera de 1166, Guillermo II asciende nominalmente al trono tras la muerte de su padre y comienzan los sinsabores para los afines del fallecido monarca. La regencia recayó Margarita, pues el heredero estaba aún lejos de alcanzar la edad y no pocos le habían jurado falsariamente lealtad y miraban con conspiradora inquietud y nerviosismo a la viuda y al sarraceno que la asesoraba*4, a quien había sido nombrado familiaris de la casa real.

Temiendo por la integridad de su cuello, Pedro cargó las alforjas y abandonó la corte a hurtadillas, poniendo velas al norte de África, a Túnez, donde volvió a abrazar la Fe del Profeta y fue conocido como Ahmed es-Sikeli, Ahmed el Siciliano. De nuevo entre los suyos, no perdió el tiempo, se trasladó a Marruecos y obtuvo el mando de la flota del califa almohade Abu Yusuf Yaqub al-Mansur, convirtiéndose en el terror de las naves cristianas que se cruzasen en su camino.

Lectura de 15 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756 (Variable). Estratocúmulos
  • Termómetro: 12º
  • Higrómetro: 53,5%

15 de Febrero de 2017



martes, febrero 14, 2017

Guardia de cine: reseña a «Centauros del desierto»

Título original: «The Searchers». EEUU. 1956. Western. 119 min. Director: John Ford. Guión: Frank S. Nugent, basándose en la novela de Alan Le May. Elenco: John Wayne, Jeffrey Hunter, Vera Miles

Aún transcurridos sesenta años desde su estreno, el filme de Ford se mantiene puro en cuanto a su filosofía: la búsqueda de humanidad en el alma de todos los hombres

Historia cruda de odio y esperanza, sentimientos igual de irracionales, en mitad de un mundo caótico y polvoriento. Su bello título en castellano evoca a una de las aventuras más renombradas del género western y del eterno John Wayne, cuya enorme tensión dramática y violencia se diluye en necesarios oasis de humor para hacer más llevadera la narración.

La novela «The Searchers», de Alan Le May, fue adaptada por John Ford con la intención de aportar al guión su propia perspectiva narrativa como genio tras la cámara, modificando cuantos aspectos fuesen necesarios para una mejor comprensión de los personajes, sobre todo el de Ethan Edwards, un hombre cuyo odio racista contra los comanches recorre su cuerpo y escupe por la boca como si fuera veneno, a pesar de que es un gran conocedor de la lengua y cultura de su enemigo; un odio que no parece proceder del ataque, asesinato y rapto que sufre la familia de su hermano justo cuando Ethan regresa tras tres años en blanco de los que nada se nos cuenta, tras el fin de la guerra de Secesión. Incluso de sus reservas hacia Martin Pawley (Jeffrey Hunter), un muchacho que Ethan rescató de niño y que fue educado por su hermano como si fuera un hijo propio, importándole bien poco que por las venas del tierno infante corriese sangre cherokee.

El odio racial de Ethan llega a ser desquiciante, por encima de lo absurdo, como cuando se obceca diezmando a balazos a una manada de búfalos para darles muerte y acabar con la fuente principal de alimento de los indios, al más puro estilo del general Sheridan; o cuando descubre que Debbie se ha adaptado a la vida comanche, no importándole asesinarla por ello pues, para él, no es su sobrina ni nada que se le pareciera: es simplemente una india a la que arrebatar la vida. Al final, veremos que el propio Ethan sufre un cambio, acepta a Martin, incluso salva a Debbie, pero reconoce que ese mundo ya no le pertenece, por lo que duda a la hora de entrar en la granja Jorgensen, se da la vuelta y la puerta se cierra tras él.

En contraposición a Ethan y su discurso violento y resentido se encuentra Martin, mestizo pero aceptado por la comunidad, personificación de la necesidad de un equilibrio y de una actitud contraria al odio. Es lo joven contra lo viejo en la concepción de Norteamérica.

Y frente a los continuos choques de trenes entre Ethan y Martin, encontramos ese humor siempre tan bien traído, pero que nos da un respiro, pues llega a abrir y cerrar, por ejemplo, la escena de la masacre final de la tribu del jefe comanche Cicatriz. Pero el humor se relega a los personajes secundarios y a la subtrama de la relación sentimental entre Martin Pawley y Laurie Jorgensen y esa maravillosa boda que no llega a celebrarse.

El título «The Searchers» no solo hace referencia a unos incansables Ethan y Martin que no cejaran en su empeño de dar con la pequeña Debbie, sino a todos y cada uno de los personajes que se cuelan en la pantalla, desde los comanches, que defienden la tierra de sus antepasados, hasta los colonos europeos, sobrepasados por la enormidad y brutalidad natural del entorno; una búsqueda de equilibrio y de una convivencia que nunca será fácil, como en toda frontera; idea que se susurra al espectador al enfocar la cámara hacia un desierto sin fin, bajo un sol inclemente que, en ocasiones, se vela tras la capa de polvo que levanta el viento o el cabalgar de un solitario jinete. 

La película trata el peliagudo asunto de los colonos secuestrados por los indios en aquellos inhóspitos territorios durante el s. XIX: niños y mujeres que pasaban por un trauma violento al que sus mentes respondían con la locura, la resistencia hasta la muerte o la estoica adaptación a su nuevo estado. Son incontables los hombres empeñados en rescatar a sus propios familiares y a los de otros a cambio de un precio, historias estas que han tenido su sobrada cabida en diversas películas del género. Un drama terrible que iba más allá, pues si esos niños y mujeres eran traídos de vuelta a sus familias tan solo eran aceptados por sus padres y hermanos (en demasiadas ocasiones, ni por estos) y tratados como seres inferiores por el resto de sus congéneres de piel blanca pues habían “descendido”, eran “salvajes”; no digamos ya de aquellas chicas que hubieran tenido relaciones sexuales, consentidas o no, con hombres indios. Estos rehenes acababan siendo víctimas por partida doble, deseando la muerte o añorando sus vidas de cautivos. Pero de esto último nada nos dice Ford, que se limita a presentar un final feliz para una ya crecidita Debbie.

Como cierre a este reseña, diremos que con sesenta años a la grupa, el filme de Ford se mantiene puro en cuanto a su filosofía de búsqueda del sentimiento de humanidad.

Lectura de 14 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 749,8 (Viento-Lluvia). Estratocúmulos
  • Termómetro: 11º
  • Higrómetro: 53,5%

14 de Febrero de 2017



jueves, febrero 09, 2017

«1984», David Bowie



Someday they won't let you, so now you must agree
The times they are a-telling,
and the changing isn't free
You've read it in the tea leaves, and the tracks are on TV
Beware the savage jaw
Of 1984

They'll split your pretty cranium, and fill it full of air
And tell that you're eighty, but brother, you won't care
You'll be shooting up on anything, tomorrow's neverthere
Beware the savage jaw
Of 1984

[CHORUS]
Come see, come see, remember me?

We played out an all night movie role

You said it would last, but I guess we enrolled

In 1984 (who could ask for more)
1984 (who could ask for mor-or-or-or-ore)
(Mor-or-or-or-ore)

I'm looking for a vehicle, I'm looking for a ride
I'm looking for a party, I'm looking for a side

I'm looking for the treason that I knew in '65

Beware the savage jaw
Of 1984

[CHORUS]

1984 [ad lib]

Lectura de 9 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754,5 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 10º
  • Higrómetro: 53,5%

9 de Enero de 2017




martes, febrero 07, 2017

Guardia de cómic: reseña a «Barrio lejano», de Jiro Taniguchi

Serie Nouvelle Manga
PONENT MON. Tarragona. 2003-2006
2 vol.
ISBN 84-933093-1
Taniguchi hace retroceder en el Tiempo a su protagonista para que cambie su destino o lo comprenda. Para que conozca la raíz del secreto familiar que lo ha traumatizado

La relación de imposibles para el ingenio humano se ha ido recudiendo con el paso de los siglos. La aparición de ciertos genios que han ido allanando el camino para satisfacer las aspiraciones que nos acompañan desde que alzamos la mirada por primera vez al firmamento o creábamos el primer arte con ceniza y polvo de arcilla en las cuevas donde la magia lo dominaba absolutamente todo. Imposibles que, hoy día, llegan a ser actos incluso rutinarios, como volar. Sin embargo, hay un anhelo que anida en el corazón de cada hombre y mujer adultos: retroceder en el Tiempo, anticiparse a una fecha y poner remedio a un evento traumático que nos marcará de por vida; a decenas de eventos, decisiones, conversaciones… Mas la vida es como un río que no deja de fluir hasta desembocar en la nada y nosotros somos como una hoja seca, desprendida de la rama del árbol cuando nacemos, arrastrados hasta ese torrente de vivencias.

«Barrio lejano» es la historia de Hiroshi Nakahara, un hombre de 45 años, arquitecto de profesión, casado y con dos hijas, que regresa a casa tras ausentarse un par de días no motivos laborales. En vez de apearse al tren con destino Tokio, inconscientemente se sube al vagón de una línea que lo llevará hasta la localidad donde vivió su infancia y adolescencia. Sin otra cosa que hacer salvo esperar la llegada del tren correcto, Hiroshi vagará por las calles y comparará el estado actual de las mismas con los recuerdos de niñez. Sus pasos lo llevarán hasta el cementerio local, hasta la tumba de su madre. Hacía mucho que no la visitaba e Hiroshi comienza a mortificarse, una vez más, con su padre y la noche de finales de verano de 1963 en la que los abandonó, con el sufrimiento de una mujer que tiene que encargarse de su anciana madre enferma y dos hijos pequeños; del sufrimiento de su hermana y del suyo propio. Ni una explicación, ni una pista sobre su paradero durante más de tres décadas de pequeña y privada tragedia familiar. Hiroshi, desde que contaba 14 años, vivía obsesionado, por debajo de su imperturbable carácter de hombre afable, educado y demasiado experto en licores, con conocer los motivos que impulsaron a su padre a comprar un billete de ida aquella fatídica noche y desaparecer de sus vidas para siempre. A Hiroshi le gustaría incluso impedirlo.

Frente a la lápida de su pobre y sacrificada madre, Hiroshi sufre un desvanecimiento y cuando vuelve en sí hay muchas cosas a su alrededor que han cambiado. Para su sorpresa se ha convertido en un niño de 14 años, mas con los recuerdos y la experiencia del hombre de 45. Está de nuevo en 1963, a varias semanas de la terrible fecha. ¿Es un sueño o es realidad? Hiroshi no lo sabe a ciencia cierta, pero el tiempo transcurre con normalidad; incluso ha de asistir a clase, comer, dormir y enfrentarse a la presencia de su padre, un hombre que parece sentirse feliz en compañía de su familia. Hiroshi va a aprovechar, por extraño que pueda parecer todo, la oportunidad que le ha concedido un caprichoso Universo.

El protagonista va desgranando los días y su “nuevo yo”, con los conocimientos y la madurez del hombre adulto, va convirtiéndose en alguien muy diferente a un adolescente normal. En su casa, en el instituto, todos recelan de ese chico. Se le observa más maduro e inteligente, habla sin querer de hechos futuros como si ya hubieran sucedido y hasta influye en la vida de los que le rodean, como en su amigo Shimada. Para terminar, la chica de la que Hiroshi estuvo secretamente enamorado durante la secundaria, Tomoko, se fija en él e inician una amistad que en ocasiones roza en dulce e inocente romance.

Hiroshi disfruta a pleno sol de su nueva adolescencia, a la que sabrá enfrentarse con éxito. Cumple otro sueño propio de la Humanidad que es tener experiencia y, a la par, un cuerpo joven, vigoroso y sano, cuando el precio para obtener la primera es sacrificar el segundo. Disfruta aunque sin desviarse del objetivo de desenmascarar a su padre, de impedir su marcha, de cortar de raíz la razón del sufrimiento familiar que arrastrarán durante treinta años.

La historia que escribe y dibuja Jiro Taniguchi, de quien tuve la oportunidad de referirme cuando reseñé «El viajero de la tundra», llega hasta la última capa del corazón del lector, a través del viaje introspectivo que vive el protagonista principal y narrador. De un hombre que, en el fondo (algo de lo que se da cuenta al final), no es tan distinto de su propio padre, pues se ha ido alejando de su mujer e hijas, del fuego de la felicidad construida a base de momentos compartidos. Ama a su esposa y a las niñas, a pesar de todo, a pesar de ser un calco de su desaparecido padre, por ello teme las consecuencias de su noviazgo con la bella y dulce Tomoko; ¿qué sería lo correcto?, ¿llegaría a sacrificar a su mujer e hijas para saber cómo sería una vida en común con Tomoko? Preguntas todas que se van acumulando mientras Hiroshi es incapaz de frenar el avance del verano.

Las escenas que dibuja Taniguchi recorren una etapa crucial de nuestras vidas, pero desde la óptica del hombre en la cuarentena, sabiendo escoger y cambiar ciertos puntos del pasado conocido. Como nos tiene malacostumbrados, sus viñetas rebosan de detalles del entorno. A Taniguchi no le importa dedicar páginas enteras a un solo hecho o pensamiento, desde diversos ángulos, para captar cada expresión de un atribulado rostro. No importa semejante “derroche” en el que el texto es prácticamente inexistente, con una simple línea de pensamiento, un remordimiento, una idea esperanzadora y una narración amable, que pretende ajustarse a ese imposible de retroceder en el Tiempo para que nuestro Yo adulto corrija a nuestro Yo adolescente o menos maduro.

Bien hilada, sin la sensación de dejarse flecos, su sencillez radica en la elegancia y perfección; solo observándose cierto desajuste en la inclusión de escenas del Presente de la familia del protagonista que en nada nos ubica para saber cómo transcurre el tiempo en el Pasado o en el sueño.

El final es lo más humano que he leído en mucho tiempo. Cuando Hiroshi descubre toda la verdad. Sorprendente, incluso, cuando este viajero del Tiempo regresa a su cuerpo de adulto, ante la lápida de su madre y regresa a casa, donde verá su entorno de diferente forma, con una lección magistral aprendida y recibiendo el regalo más inesperado.

«Barrio lejano» está publicado por la editorial Ponent Mon. Es una historia corta para los estándares del Manga, de fácil y agradable lectura y con un argumento cuya génesis no sea muy original, pero que trata de mostrarnos cómo podría desarrollarse la vida de un hombre que cumple uno de los anhelos de todos los humanos. Y Jiro Taniguchi lo consigue con su natural manera de narrar.

Lectura de 7 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Estratocúmulos
  • Termómetro: 12,5º
  • Higrómetro: 53%

lunes, febrero 06, 2017

Armando bulla con el bullying

Como si de un deporte de riesgo recién puesto de moda se tratara (como si de un problema nuevo también, ¡ejem!), nos hacemos los modernos y copiamos del anglosajón un termino ing para acuñar uno de los males endémicos de las aulas: el acoso escolar. Como si así prestáramos más atención o mostráramos un mayor interés sobre una triste constante que muchos hemos sufrido y que a muy pocos importa en realidad.

El pasado día 27 de Enero saltó a la palestra periodística y de corrillo de café de escasa catadura una noticia que sacudió las adormiladas redacciones y a los más ociosos del lugar. Un joven de 17 años, taciturno y brillante estudiante, trata de coser a puñaladas, poco certeras, a cinco compañeros de clase en un instituto de Villena (Alicante), ahí, como si esa mañana se hubiera caído en la marmita de la horchata. De poco ha servido que se haya ido desgranando detalle a detalle, dato a dato, su periplo por su particular río Estigia, que hemos vivido unos y viven aquellos para los que nuestra propia naturaleza o educación nos impide replicar a la agresión física y/o verbal de los abusones (siempre en plural) que amargan la existencia durante esos fatídicos años. De poco o nada, pues las autoridades más incompetentes, empezando por la dirección del centro y terminando, a la fuerza, por el equipo psicosocial de turno baten las palmas por colgar al muchacho unos antecedentes penales de escaso vuelo por ser menor de edad (pero que los llevará siempre socialmente y que puede arruinarle más la vida) y por coronarle, gustosos, de informes que lo tildarán de psicópata, perturbado y/o anormal. De alguien a quien excluir de nuestra perfecta y preciosa sociedad de hipócritas de medio pelo y pluma.

—El sufrir acoso escolar no justifica su reacción. Tiene que haber algo más en el plano psicológico —recogió una voz cuasianómima en uno de tantos reportajes emitidos por televisión. Y si sabemos leer entre líneas y por dónde suenan los tiros.

No. Es que eres víctima y eres tonto de capirote. Pero ya sabemos de qué palo van los psicólogos: todo el mundo está tarado menos ellos. ¡Qué suerte la suya!

Este chaval va a pasar, por bondad y preocupación de los estamentos inamovibles de la enseñanza y “educación”, de víctima a monstruo por el simple hecho de haber llegado a su límite. Y quienes le agredían pasarán a formar un coro de plañideras y cocodrilos durante la Vista judicial para, luego, fardar ante sus chavalas de la herida de combate, a la par de que se siguen descojonando del “perfecto estudiante al que se le fue la chota”.

El nuevo anormal será escrutado con repugnancia a la par que sus acosadores serán recogidos y acunados entre almohadones pues, «compréndeles, ellos son así porque habrán sido víctimas de acoso»… probablemente o plausiblemente o imaginariamente o búsquese cualquier excusa más bonita. Pero es que los acosadores se limitan a cumplir una función tan común como plural en la Historia del género humano: eliminar al individuo que no case con la mayoría, ya sea neandertal, judío o extraterrestre, ya puestos. El pájaro solitario o distinto tiene que morir picoteado por sus congéneres, máxima, quizá, darwinista que sobra en un mundo civilizado que ha sufrido demasiados sobresaltos y construido cámaras de gas para aburrir.

La dirección del centro de estudios, por no ser menos que aquellos otros que se han apuntado marcas pintadas de rojo sangre con suicidios y otras delicatesen que no quitan el sueño, clamará y alzará las manos al cielo de la Administración, llamando a la oración de “El Protocolo” o de “No Nos Han Impartido El Curso Correspondiente Para Detectar El Bullying”. Esas dos suras se las saben al dedillo y las entonan sin necesidad de ablución alguna.

A ello sumamos chorradas del tipos concentraciones de un minuto, pancartitas y toda esa parafernalia de bazar de suburbio. Y no olvidemos la nueva máxima: «Esto, o sea, se arregla hablando. Juntamos a agredido y agresor, se dan la manito y un par de besitos» y al primero que se dé la vuelta le dan por el culo.

Soluciones reales, por favor. Nada de protocolillos que terminan siempre con el agredido marginado y expulsado del centro como premio de consolación.

No atesoro gratos recuerdos de mi paso por la EGB y el Bachillerato simplemente porque sufrí acoso y derribo. La cosa no llegó a causar sangre. Cierto es que lo sufrí en un nivel casi superficial comparado con el caso de este chaval y otros tantos de hoy día. Vamos, infinitesimal. Creo que ni tengo derecho a quejarme al compararme. Risas, burlas y humillaciones por todo y en todos lados. No hubo ápice de mi ser físico o mental que no sirviera de cálido entorno para su regocijo e inventiva. De estudiar y demás, no estaban muy puestos, pero más de uno podría mandar el currículo a El Club de la Comedia del Gilipollas, que empleo encontraba seguro.

Y lo reconozco. Aún hoy me gustaría devolver el golpe a algún y alguna de aquella etapa y creedme que la única forma se soy capaz de imaginarlo es infligiendo dolor físico, como tan solo ha sido capaz, en grado de tentativa frustrada y por falta de verdadero intención homicida, este chaval de Villena (sí, soy un monstruo enfermo suelto por la calle, ¡sacad las horcas!). Pero lo que más me viene a la cabeza (y duele) es tener la constancia, fría y calculada gracias al Tiempo transcurrido, de que te rodeaba gente que podría haberte ayudado y que no movió un solo dedo. Que no hicieran nada tus amigos llega a tener incluso justificación, pues también velaban por su integridad en un acto egoísta de supervivencia e, incluso, sufrían acoso esporádico por parte de los mismos imbéciles de turno, por los mismos hijos de la gran puta. Pero que algunos profesores, adultos que debían protegerte, se limitaran a ser meros testigos de las agresiones y humillaciones que se llegaban a perpetrar en mitad de la clase… Para ellos no tengo etiquetas. Sabían, miraban para otro lado y hasta se reían, pues la ocurrencia les llegaba a hacer gracia, a la par que pasaban del tema. Y no digamos ya cuando algo se removía en tu interior y llegabas a reaccionar. En mi caso, un buen día estallé y empleé nuestro rico castellano con unos de estos bravos risueños, pero con tan mala fortuna que llegó a los oídos, atentos según  para qué, del profesor de turno con el siguiente resultado:

—No me esperaba algo así de ti, Javier —me amonestó el susodicho adulto, manifestación a la que siguió el cloqueo generalizado y liderado por el bully que recibió mis groseras palabras, pronunciadas con una leve tartamudez, y con las que se chupó los dedos. 

Y hoy sigue siendo la misma historia. Incluso esos bastardos seguirán siendo los ojitos derechos de estos profesores. Unos chicos y chicas palurdos que no saben ni contar dos y dos, pero que mantienen a raya a los panolis que conforman toda la clase. ¿O no hemos pensado y dicho abiertamente esto, queridos profesores de mis recuerdos?

Empatizo con este muchacho que ha tenido el valor o la desesperanza mayúscula de tener que responder al estímulo de la única forma que ha sido capaz; a quien han obligado a armarse con un cuchillo y asestar unas poco certeras puñaladas para dar a entender que no iba a consentir ni una burla más, ni una colleja más. Empatizo y me solidarizo ahora, más que nunca, pues va a convertirse en el paria al que todos señalarán y musitarán un “pobrecito loco” a su paso, entre pena fingida y placer sádico en la sonrisa por parte de alumnos hideputas, cierto profesorado cómplice y buhoneros licenciados por la Facultad de Psicología de la Sublime Estupidez... Y con una Justicia que corre con los pantalones a la altura de los tobillos.

Y nadie se acuerda de él en los medios, por ahora.

Lectura de 6 de Febrero de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 757 (Variable). Estratocúmulos
  • Termómetro: 12º
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6 de Febrero de 2017



miércoles, febrero 01, 2017

¿Vikingos como primeros Señores de Vizcaya?

El recuerdo que se tiene de los vikingos en la Europa meridional no puede ser más negativo. Para las infelices gentes de las pequeñas poblaciones repartidas por la costa atlántica y, luego, mediterránea, que recibieron su desagradable visita, los hombres del Norte eran verdaderos demonios procedentes de un infierno frío. Mentarles siquiera infundía pavor en los corazones más aguerridos y los dragones que lucían en las proas de sus drakares eran el presagio de la muerte y el fuego. Tal es así que no pocas políticas defensivas se llevaron a cabo en la península ibérica para poner freno a sus violentas razzias. En Galicia tenemos aún los restos de las torres de Oeste (Catoira) y en Andalucía el registro en los anales de la creación de la marina de guerra del califato de Córdoba, allá en el s. IX, por orden de Abderramán II, modificando la opinión de arma prescindible que la naval tenía hasta la fecha. El ataque a las poblaciones de Cádiz y la toma de Sevilla por unos bárbaros paganos les hizo cambiar de idea, viéndose impotentes ante aquellos buques tan particulares (aunque el primer cometido de esta flota de nuevo cuño fue asaltar Mallorca, en 849, tras negarse la isla a pagar tributo, teniéndose que esperar diez años para enfrentarla a los vikingos en aguas andaluzas).

Sin embargo, no siempre la presencia de estos nórdicos supuso guerra y saqueo constante y “vuelta para los fiordos”. Según cuentan las crónicas de Alí Ibn al-Athir, un ejército convocado por el emir de al-Ándalus Abu al-Walid Hisham al-Rida (Hixem I) hacia el año 795, con el firme propósito de atacar al rey Alfonso II el Casto (792-842), se enfrentó a unos vikingos asentados en el Norte de la península. El monarca cristiano reclutó tropas a lo largo y ancho de su amplio reino de Asturias, que abarcaba la actual Comunidad asturiana, Cantabria, Bardulia (Castilla condal) y Galicia. Entre aquellos hombres de armas  destacaron los vascones y unos mercenarios paganos (al-magus), vecinos próximos de los anteriores.

En diferentes crónicas musulmanas, los al-magus se identifican con vikingos asentados en la costa y el interior de la Gascuña. Aunque el primer ataque escandinavo data de 844*1, esto no quiere decir que no hubiera asentamientos estables y pacíficos hacia el 795 que sirvieran de lanzadera para crear lazos comerciales. Siendo que el Cristianismo convivía con las anteriores deidades del credo de los vascos, alejados estos de la influencia gubernamental asturiana y castellana, es perfectamente plausible la existencia de estos asentamientos vikingos.

Abu Marwán Hayyán Ibn Jalaf Ibn Hayyan vuelve a mentar a estos paganos como aliados de Alfonso II el Casto durante el combate del río Orón (año 816), sirviéndose de ellos en anteriores y posteriores enfrentamientos que afianzaron su reinado.

En el año 825 da comienzo una campaña de castigo del califato cordobés contra el norte cristiano, contra Álava, perteneciente a Qastilya, el país de los castillos. Ibn-Hayyan relata una batalla en la Djabal al-Madjus, o Montaña de los Paganos*2. Según el historiador bermeano Antón Erkoreka, dicha montaña no sería otra que el monte Sollube, cercano a la boca de la ría de Mundaka y donde, por lo visto, se levantó un asentamiento danés hacia el s. IX, reducido a cenizas por Olaf II*3 de Noruega en el s. XI. Bien podría ser que Olaf destruyera el asentamiento durante una razzia pirática, pero bien podría ser una acción violenta de erradicación de la religión nórdica pagana tras abrazar el monarca la religión de Cristo e instaurarla como única fe en Noruega, bajo pena de muerte. El rey nórdico difundió la fe y la ley por sus dominios. ¿Quién sabe si no se paseó también entonces por nuestras costas?

Este último dato me afecta pues yo crecí bien cerca de dicho monte Sollube y durante años circulé por la carretera que lo marca como una zigzagueante cicatriz de asfalto. Viví en Bermeo, una villa con mucha Historia pero de la que muchos se han olvidado a golpe de martillazo nacionalista, pues se llegó a afirmar que allí nunca hubo contacto con romanos ni musulmanes, en una jactancia petulante de orgullo racista decimonónico. Idea absurda y totalmente falsa por cuanto el propio Sollube cuenta con el yacimiento de Tribisburu de una necrópolis romana de incineración, que data de entre los s. I y III d. C. (a lo que hay que sumar los restos bien visibles en Sukarrieta y Forua y otras poblaciones).

Pero lo que quiero subrayar es ese supuesto asentamiento danés en el Sollube o alrededores (más bien hacia la ría de Urdaibai) y relacionarlo con la propia mítica de la fundación de la casa de los Señores de Vizcaya. Según la leyenda, una princesa escocesa arribó a la ría de Mundaka, quien fue prendada por el dragón Herensuge, un terrible y diabólico ser, hijo del gran dragón Maju el Culebro, esposo de Mari, la deidad principal del folclore vasco*4. De tal unión nació Lope Fortún, Jaun Suria*5, el primer señor de Vizcaya, allá por el s. IX.

Una mujer procedente del Norte. Un hombre que se le confunde con un dragón o serpiente sobrenatural. ¿Vikingos ambos dos? No sería la primera vez que un atributo llega a suplantar a una persona real. ¿Podría ser el dragón de la proa de un drakar hacer pasar a los reales Herensuge o a su padre, Maju, unos vikingos, como terribles reptiles de leyenda? Además, coinciden con las fechas señaladas por los cronistas musulmanes acerca de los al-madjus aliados del rey astur.

El historiador Antón Erkoreka profundiza en las raíces vikingas de los asentamientos en la comarca del Busturialdea y trae a colación la posible presencia de un rey de Dublín en el área: Ívarr in beinlausi, Ívarr el Deshuesado o el Culebro, quien participaría de la expedición de rapiña datada en 859. ¡Vaya! Maju e Ívarr comparten sobrenombre...

Ívarr, al contrario de Olafr el Blanco, también rey de Dublín, fue un gran enemigo de los cristianos (rex paganissimus en fuentes anglosajonas). Sin embargo, en el seno de ambas nobles familias nace el germen del Cristianismo en el Norte europeo, creyéndose que una descendiente de Olafr podría ser esa princesa que llega a la ría de Mundaka. Para el historiador Jon Bilbao, la factoría o asentamiento en la ría se relaciona directamente con estos reyes de Dublín. ¿Es posible que un hijo de Ívarr (o el propio Ívarr) contrajera nupcias con una descendiente de Olafr en tierras del Cantábrico, fundando la casa de los Señores de Vizcaya? ¿Es Maju, el gran dragón vasco, una derivación del término árabe al-madjus para referirse a los vikingos?

La presencia de un Jaun Zuria vikingo en la comarca es evidente. Se asegura en los textos que los primeros señores de Vizcaya eran considerados poco menos que brujos y que realizaban extrañas ofrendas de sacrificio a los dioses muy similares a las que el embajador del califato de Bagdag, Ahmad ibn Fadlān ibn al-Abbās ibn Rāšid ibn Hammād*6, describe que presenció hacia el 922 en una factoría nórdica del Volga. A esto hemos de sumar que la convocatoria y funcionamiento sagrada de la reunión o batzarra bajo el árbol de Guernica es prácticamente idéntica a una asamblea vikinga.

Estos datos, que son nuevos para mí, derriban todas las ideas preconcebidas que tenía sobre el pasado de mi tierra y de todo el Norte peninsular.



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1 de Febrero de 2017





martes, enero 31, 2017

Guardia de cine: reseña a «El puente de los espías»

Título original: «Bridge Of Spies». 2015. USA. Thriller histórico. 142 min. Color. Director: Steven Spielberg. Guión: Matt Charmann y los hermanos Coen. Elenco: Tom Hanks, Mark Rylance, Alan Alda

Tom Hanks hace suyo el personaje de James Donovan y se mimetiza con él a medida que la trama se desarrolla; una en la que cada vida humana importa, aún entre los altos muros, construidos con bloques de hormigón y miedo, de la Guerra Fría

Imprescindible filme de Steven Spielberg, quien vuelve a sorprender con su forma de enfocar nuestra Historia reciente a través de un hecho real que adapta a la gran pantalla con seriedad y calidad. Una película que nos lleva en un vagón de primera clase a los años del miedo nuclear y del levantamiento del muro de Berlín; un relato de espías sosegado, sin escenas de artes marciales ni martinis a deshora, cercano a la realidad de esa etapa brumosa de la Humanidad.

Tom Hanks encarna a James Donovan, un abogado de seguros que ostentó, a pesar de la opinión pública, la defensa de un tal Rudolf Abel, un hombre acusado de espionaje a favor de la URSS. Con la Ley en la mano, Donovan se enfrentará a los destructores de un sistema de garantías democráticas mermadas gracias a la cruzada anticomunista del senador MacCarthy, sufriendo un linchamiento mediático, social e intelectual, tanto en la calle como en las salas de los tribunales, simplemente por cumplir con su deber. Donovan tan solo pretende defender la inviolabilidad del sistema en el que cree y que ampara a todo ciudadano, nacional o extranjero. Además, su experiencia como abogado de seguros le dota de cierta capacidad que muestra a la hora de negociar y torcer ciertas voluntades erráticas, incluso mal formadas, en defensa de la justicia; se involucra tanto que pone al país entero en su contra, pero él sabe que está previendo una contingencia futura: un día cualquiera, los soviéticos capturarán a un espía americano en territorio ruso y nunca está de más contar con una baza en prisión que colgando del cadalso.

Donovan, llegado el momento, será una pieza clave en un juego peligroso encabezado por Washington, Berlín y Moscú, sin cobertura ni reconocimiento, tensando la cuerda hasta casi romperla y enfrentándose con las manos desnudas a simpáticos y peligrosos adversarios. Tan solo contará con su elocuencia y con su ideal de Justicia.

La película podría tacharse de lineal, pero es que la Historia es así y se sirve de elementos lineales sorprendentes, sin pretender ser un mero entretenimiento de usar y tirar; y Tom Hanks hace suyo el personaje de Donovan y se mimetiza con él a medida que la trama humana se desarrolla, una en la que cada vida humana importa frente a la barbarie silenciosa de la Guerra Fría y sus altos muros separadores, construidos con bloques de hormigón y miedo, con dos formas muy diferentes de ver el mundo.

Spielberg y los hermanos Cohen firman una cinta que cierra dejando muy buen sabor de boca en el espectador, descubriéndonos los entresijos de un evento no tan conocido de nuestra Historia, ni siquiera por parte del público estadounidense.

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31 de Enero de 2017



lunes, enero 30, 2017

Hail, Trumpy Prez!

Tened la bondad de permitirme transformar
a Donald Trump en el comandante John.
A lo largo de este texto, encontraréis la 

razón soterrada de semejante chiste gráfico
Comienzo a escribir este artículo de opinión sumido en una profunda e irritante preocupación. Puedo sentir el picor fantasma de la urticaria que me va a causar hablar de política y políticos. Pero todo sea en aras de no ser el último mono en decir algo, pues me veo en molesta tesitura de realizar un pequeño sacrificio, de perder media libra de mi tiempo y pensamiento, por gracia del nuevo dios elevado a los altares del Medio Oeste norteamericano: el señor Donald John Trump, cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América, quien acaba de sentar sus royals en el sillón y golpea inconscientemente con la pierna el maletín de las claves nucleares colocado a su lado, creyendo que es la papelera. Por gracia de éste tipo y de toda la algazara arremolinada a su alrededor. No sé si dedicarle mis palabritas es algo necesario o superfluo, pero quisiera dejar la impronta digital de mis palabras, de mis pensamientos, acerca del triunfo de un modelo populista al más puro estilo de Homer Simpson cuando consigue ser titular del departamento de sanidad de Springfield o, ya puestos, cuando Krusty es votado como congresista. De sus causas también.

Pero, tranquilos, que el Sr. Trump no será el único blanco de mis disertaciones. Habrá palos para muchos y muchas.

Desde que Mr. President Trump firma como tal, es decir, desde el 20 de Enero de 2017, le ha bastado tan solo una semana (sobrándole días) para, a golpe de decretazo, destruir buena parte del escaso legado que Barack Obama ha dejado tras ocho años en la Casa Blanca. En su defensa, al nuevo mandatario no se le puede echar en cara que no cumple con sus promesas electorales. Es más, no creo que haya en los anales de la Humanidad nadie que se haya dado tanta prisa en probar la valía de la palabra dada a gritos en un mitin.

No voy aquí a cargar tintas sobre los 22.000.000.000 $ (lo pongo en número para que se aprecie mejor su magnitud) que se pretenden destinar a la construcción de ese muro fronterizo con el pérfido, corrupto, católico y demasiado moreno Sur de Norteamérica, deteriorando las relaciones con Méjico a niveles nunca vistos desde el fin de la primera guerra mundial. Esta medida ya la sabíamos todos; era un caballo de batalla durante la campaña electoral. No voy a hablar del muro (ni de la prohibición de entrada a ciudadanos de siete países musulmanes que ha animado los aburridos telediarios del fin de semana pasado) pues no ha sido la primera medida adoptada. Esa fue la de paralizar el ObamaCare, un sistema incipiente de Seguridad Social universal (como la que tenemos en España, que nos quejamos mucho de ella sin saber lo que hay por allá), del que se beneficiaban unos veinte millones de ciudadanos cuya situación laboral y/o económica les impide el pagar a tocateja, como unos machotes, un seguro médico privado. Y dentro de la medida, menos cubierta por los telediarios, está el cierre del grifo a la ayuda federal que se dispensaba durante la administración Obama a las familias con menos recursos y que a duras penas pueden pagar la hipoteca de la vivienda en la que residen.

Y a esto me formulo una pregunta muy tonta… que viene después de la siguiente y prudente elucubración. Las ratas de biblioteca más sesudas —esas mismas que echan mano y entienden de estadísticas y de la funesta psicología que inspira al electorado en un sistema democrático, de esas que mendigan pan y queso por los platós de magazine mañanero y de programa de debate político nocturno—, justifican el triunfo de Trump al haber encandilado a todos (o casi todos) los votantes de esa tierra baldía que hay entre Los Ángeles y Nueva York que es América (me sirvo de una línea de diálogo de Ned Flanders, otro personaje de los Simpson que se cuela hoy entre mis ideas), territorios que han sido desatendidos por Washington y las zonas costeras más pudientes, abandonados a su suerte para sufrir las devastadores consecuencias de esa maravillosa y fatua etapa de los felices años ’90 y ‘2000 del outsourcing a mansalva. Incluso allí se tragaron la fantasía embaucadora de que los blanquitos íbamos a estar trabajando con la manicura hecha y ganando dinero para quemar, mientras los chinitos y los inditos se tiraban dándole a la palanca unas dieciséis horas al día, tragaban mierda y morían de toda la contaminación posible que crea nuestro caprichitos occidentales sin querer mejorar. Y no iba a pasar nada en la tierra de Jauja. Ocho horas de curro de oficinista, ocho horas sobando en el sobre y ocho de jarana total, que para algo el Altísimo nos ha encalado.

Claro, todas estas medidas de los felices años pasados han girado una dolorosa de las de agárrate y no te menees sobre todo a ese Medio Oeste y a los estados tradicionalmente industrializados, como Illinois, que cuenta con ejemplos como Detroit, una ciudad declarada en ruina y censo censo poblacional nos sirve como caja de sorpresas para regocijarnos diariamente y delante de la pantalla con el programa “Empeños a lo bestia”, desplegando un plantel de divas y divos de color, a cada cual más ordinario, soez y patético, engrosando la cola de las rebajas en dignidad.

Trump ha sido muy listo. No ha presentado una campaña política, sino una de marketing. Con su populismo asequible ha guiñado el ojo y levantado faldas prometiendo el oro y el moro y hasta el loro. Y el populismo, hoy, ayer y siempre, ha sido plato del gusto de muchos. Entra muy bien. ¿Por qué? Porque es una solución fácil y barata. Da igual que lo barato termine saliendo caro, carísimo. Pero es una solución, a fin de cuentas. En un chasquear de dedos, ¡chas!, obligamos a la Ford a construir en los EEUU, ¡chas!, ponemos freno a la entrada de productos extranjeros, ¡chas!, nos ponemos a perseguir y a retirar de las calles a esos supuestos usurpadores de puestos de trabajo. ¡Chas! ¡Chas! ¡Chas! Y la cosa sigue.

Y a esto me pregunto yo, necio de mí, si toda esa supuesta revolución laboral que el Sr. Trump piensa generar va a encandilar al americano medio. Porque igual pasa como en los también tiempos felices pasados españoles previos a la actual crisis económica. Me pregunto si abrirán fábricas, reactivando el tejido industrial de EEUU, y habrá ríos de americanitos para pedir un trabajo o pasarán del tema, porque son de nariz demasiado fina. ¿Habrá hordas de parados neoyorkinos partiendo a las tierras de cultivo? ¿Ensuciarán sus traseros con grasa de motor?

A lo que sumo, como adelanté, que la primera medida fue suspender el ObamaCare y retirar las ayudas al pago de hipotecas. Y esto me parece la mar océana de curioso pues, si el Medio Oeste americano es el que ha dado el triunfo por delegados a Donald Trump, un área castigada por el desempleo y la precariedad económica, me imagino que allí residirán el 99,99% (bueno, rebajemoslo al 80% por no pasarnos del Precio Justo) de los beneficiarios de la Sanidad Pública creada por Obama y del subsidio con el que ir pagando cuotas de amortización de préstamos hipotecarios, ¿no? Si no tengo trabajo, no tengo seguro médico ni puedo pagar al banco, ¿o me equivoco? Quizá es que yo sea un poco idiota y no me entero, que puede ser. Como hombre, comprender a las mujeres me resulta complicado, pues nunca acierto, pero al Ser humano es tarea por la que no merece el esfuerzo. Sarna con gusto no pica.

Pero no hay que ir con el dedo acusador donde esos amiguitos del Medio Oeste, esos mismos que hoy se desfogan en Twitter, con lágrimas de regocijo y otros fluidos, ensalzando al nuevo presidente. He llegado a ver hasta montajes fotodigitales de Trump firmando un decreto guiado por la mano de Jesucristo, ambos rodeados de delicados y rubicundos querubines. No es broma. Si Jehová escogió a los judíos como el pueblo elegido, Jesús de Nazaret ha debido de hacer lo propio con los yanquis, o eso piensas los predicadores evangelistas de púlpito blanco y frente sudorosa, de traje sastre dominical y satanización diaria. Mas, como he dicho, la culpa (toda) no la tienen estos blanquitos considerados por los pijos de la costa como el deleznable fruto de la endogamia y la soledad del interior del país. Entre estos idólatras no solo está Clint Eastwood y los de la Asociación Nacional del Rifle. Vas a las Redes Sociales y encuentras mensajes y fotografías de hombres y mujeres afroamericanos y chicanos con toda la parafernalia pro-Trump posible hasta las cejas y las trancas. ¡Qué me dices! No, que no nos vendan la moto de lo contrario. Si hay chanergos encabezando las manifestaciones independentistas nacionalistas catalanas, con la estelada en un puño, la cabeza alta y el ano apretado, coreando consignas a favor de la creación de una república libre de la lacra y enfermedades endogámicas de los puercos castellanos, de supremacía blanca sobre los blancos, a quienes acompañan moritos, negritos y sudamericanitos bien subvencionados, en los EEUU pasa otro tanto de lo mismo. Para no ser menos o quedarse atrás.

Lo más sangrante del asunto, por encima de esa patética y recién organizada resistencia anti-Trump, adalides y defensores de bella armadura de una Democracia que bastardizan al grito de “protesto porque ha sido elegido el que yo no quiero”, es que nadie se preocupa de subrayar y enfatizar la razón principal (o única) por la que Hillary Clinton no ha ganado la presidencia de la nación más poderosa de la Tierra. Y es curioso, pues Barack Obama ha finalizado su mandato con un récord de popularidad y, como agradecimiento popular, la peña ha votado al primero que va a descojonar todo su trabajo. Bailecitos cogidos de la mano, flores en el pelo, caras pintadas de chillones colores y todo a la mierda. 

Si tiramos de hemeroteca televisiva, de reportajes que los enviados especiales remitían a sus redacciones, siguiendo a trompicones la estela de los extenuantes tours de los candidatos por el país, además de cubrir los colegios electorales durante el Día D, nos encontraremos, en entrevista a salto de mata a votantes de las minorías, con comentarios del estilo: “La política de los Clinton siempre nos ha perjudicado” (siendo un negro quien lo dijo, me imagino que también le molestaría que Obama no erradicara la lacra blanca de los puestos de arriba y pusiera a los rostro-pálidos a recoger algodón, supongo (¡uy!, qué racista me ha salido esto, pero es la puta verdad)), “votar a Hillary será votar el mal menor”, y muchos más, que hay para analizar, sobar, escoger y hasta comprar.

Pero no nos engañemos, no. Hillary Clinton, alguien a quien yo también preferiría ver sentada tras la mesa en el despacho oval, ha fracasado. ¿Por qué? Pues porque es mujer. Sí. Da igual que sea del Partido Demócrata que del Republicano, pues otro tanto le pasó a Sarah Palin, que se tuvo que conformar con su Tea Party de discurso radical incalificable y con admirar cómo una doble, profesional del cine de “adultos” (de nombre Lisa Ann por si hay alguien que quiera volver a bañar sus retinas con semejante “información”), se tragaba miembros bien dotados, del tamaño de su cabeza, por todos los orificios de su cuerpo, salvo orejas y nariz, en unas cuantas pelís porno que hicieron las delicias de maduritos y no tan entrados en años y canas que descubrían, entre pañuelos de papel y cheetos, el voluptuoso mundo de las MILFs. 

América ha preferido poner a un hombre antes que a una mujer al frente de su gobierno, importando bien poco su populismo y su retahíla constante de jocosidades y barbaridades televisadas o tuiteadas. Trump ha gastado saliva con comentarios violentos, sediciosos, fascistas, racistas, sexistas, indecorosos… Cogemos el Delorean de Doc y nos vamos para la Alemania de 1933. No pasa nada. ¿Qué importará que el venerable Kirk Douglas, al ser preguntado acerca de la victoria de Trump, dijera que él (y otros) no había combatido en la segunda guerra mundial para esto?

El nuevo presidente se lleva a matar con colectivos que parten desde la CIA hasta las organizaciones femeninas, pasando por lobbys industriales tradicionales. Ha llegado hasta a faltar el respecto a la familia de un soldado estadounidense, muerto en combate, por el simple hecho de que era musulmán. Pero, repito, no pasa nada, my friend, no pasa nada. 

Es lo que tiene jugar con fuego: que acabas quemándote. Pero sigues jugando.

Como no podría ser de otro modo, ahora los miembros del circo de payasos democratizadores de dentro y fuera de los EEUU, tanto a un lado como al otro del mundo, estamos tirándonos de los pelos pues una panda de paletos de pantalones subidos hasta el sobaco no sabe cómo rellenar una papeleta de voto. «Es que son tan tontos que no han votado al candidato correcto, oiga. Si es que no se os puede dejar la Democracia. Vosotros votad lo que nosotros digamos. Gran Hermano éticamente correcto vela por vosotros». 

No, por favor. Ahora no estemos con bobadas de resistencias antireptilianos, porque no nos pega nada. Sobre todo a esos que el Día de la Inauguración se pasearon con bandera anarquista de un lado y cóctel molotov del otro. No creo que vosotros hayáis pasado por la cabina de voto. Y por nuestra ínsula Barataria, pues contamos con esa panda de lloricas, entre los que me incluiré cuando dé punto al presente artículo (no vaya a ser que demuestre escasez de hipocresía), que están machacando al personal, soldados a un tornillo sinfín. Me resta saber que mi mensaje en nada se deja alterar por determinada ideología política de salón, patio o asamblea de panolis

Que cada uno sea feliz tocando su son de flauta.

Considero al sistema democrático como un absurdo. Otra tara de una sociedad que no ha crecido como se esperaba. El cuerpo se ha hecho adulto, pero la mente sigue siendo púber y sin pelos en los huevos, y retrocediendo como Benjamin Button. Mi madre, miembro de la mesa en las primeras elecciones democráticas del 15 de Junio de 1977, sacaba la bilis por la boca cada vez que se me ocurría la brillante idea de negarme a acudir a las urnas y ejercer el derecho ciudadano. Ella me reprochaba sabiamente que, si hubiera vivido el Franquismo, seguro que sería uno de tantos protestando contra el régimen y la falta de libertades; que me comería las uñas y los dedos por poder echar un sobrecito en una caja transparente. También me dijo que si no voto, aunque sea en blanco, qué derecho tengo yo de quejarme contra el gobierno, los grupos con representación en la cámara o cualquier otra cosa.

Cuatro años se pasan volando… O no. Pues cada vez que Mr. Trumpy Prez se ventee un pedo, entonando el “America First”, lo cataremos el resto del planeta.

“America First”, “the world, ya se verá”.

Termino este artículo, me examino la piel y no encuentro rojeces. Los dedos no me pican. ¡Genial!

Lectura de 30 de Enero de 2017 a las 1200 horas



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30 de Enero de 2017